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Fragmento del relato La silueta de Gaínza, del libro La hija del txakurra, que narra el crimen de José María Piris Carballo.

“Luego fue cuando vi el sospechoso balón, él también, ya lo dije, y también que lo vio antes que yo. Tres zancadas fueron más que suficientes, y casi en el acto el golpe seco con el pie izquierdo, su pierna buena. El bulto, como era de esperar, se elevó un par de centímetros del suelo, quiso volar, pero no pudo, se quedó congelado en un chasquido gigante que lo llenó todo de estremecimiento: ruido, fuego, humo y por último, desolación.

Vi como en un milagro que quien volaba no era el balón, sino él, él fue quien finalmente trazó en el aire una pirueta oscura, frágil y desmadejada, a la que juraría que le faltaba una pierna. Fue esa nítida percepción de la mutilación lo que me heló el corazón, porque el grito de dolor, si lo hubo, se ahogó en aquel mar de oscuro estruendo que sobrevino imponiéndose a todo”.

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