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Roznar

Me ha parecido ver, a lo lejos, un burro violeta, moviendo distraído la cola, uno de esos que, lucen, al inicio del cuello, una perfilada traza de oscuro pelaje en forma de herradura. Bajé melancólico la mirada al suelo, sacudí la cabeza, la levanté, y ya no estaba, pero estaba en mí lo terco de su bondadoso ritual, y en él, un febril destello de su noble naturaleza. 

Me recordé, en esa magia, magnífico en el poema de Chesterton, entrando en una Jerusalén rendida, cargando sobre el lomo al salvador de los hombres, saludado por alegres cantos y acariciado por gráciles ramas de palma. Me añoré en una de esas gloriosos jornadas que me deparó Sancho al servicio del Quijote. Y lloré de risa, recodándome, casual músico, en la fábula de Tomás de Iriarte. Reí, digo, en vez de rebuznar, y en esas joviales carcajadas me retomé en el hombre que soy, y, también, en la tristeza de ese afortunado asno que jamás seré. 

José Alfonso Romero P. Seguín.

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