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LUZ DE AHUMADA

En memoria de Antonio Gómez Ramos y Aurelio Navío Navío, guardias civiles asesinados por ETA, tras un heroico y desigual enfrentamiento. Su valor, entrega y espíritu de sacrificio representan cumplidamente a los 245  compañeros asesinados.

El General Francisco Javier Girón Ezpeleta, Duque de Ahumada y Marques de las Amarillas, yergue su noble cabeza, inclinada hasta ese momento sobre la regia mesa de nogal que preside el despacho. Está escribiendo. Aprovecha ese gesto para ojear con grave ternura el puñado de pliegos de papel de barba que contienen, en su elegante caligrafía, el articulado en el que viene trabajando a lo largo de los últimos meses. Sostiene entre sus dedos el aseado útil de escribir. Eleva la mirada al techo buscando inspiración en lo divino, de lo humano nada le resta que poner, todo cuanto su entendimiento alcanza ha sido entregado. Se ha vaciado en la empresa, en el convencimiento de que cada una de las palabras allí escritas deben constituir un concepto que a su vez ha de conformar un rasgo del espíritu del recién creado Cuerpo de la Guardia Civil.

Redacta la que va a ser la espina dorsal del ser y existir moral y ético de la Institución y, por tanto, de cada uno de sus miembros. La piedra angular sobre la que ha de girar su vida y el servicio. El baluarte, en fin, en el que mantener íntegro su prestigio y reconocimiento. 

No es un reglamento más, y lo sabe, y así se lo ha hecho saber a Narváez, a la sazón presidente de gobierno. Toda vez que este le exhortara mediante afectuosa carta a dar por concluido el mismo. Habida cuenta de que el gobernante intuye lo que el general sabe, que ese reglamento va a ser el broche final en su puesta de largo.

Porque es así, le responde el general, en sobria, pero cercana, misiva:

Estimado presidente:

 Entiendo que tan trascendental asunto inquiete tu ánimo, en la medida, que turba y perturba el mío más allá del mero deber. Y es que no es cuestión menor la ausencia de un reglamento acorde con las necesidades que inspiran la puesta en marcha de este novísimo y honorable Cuerpo de servidores de la Patria. 

Sin embargo, y tal como le expuse en mi última entrevista a tu antecesor, el ínclito González Bravo, de quien recibí tan honorable encargo, entiendo que antes de la mera logística, y aún de la importancia que entraña su correcto despliegue territorial, y si me es permitido afirmar hasta del mismísimo cumplimiento de su sagrada misión, está, la exacta redacción de un precepto capaz de conjurar las debilidades que minaron la confianza, la efectividad y el prestigio de las Milicias Nacionales. Y que terminó por ser amarga tumba de la regía disciplina militar, vilipendiada, degradada y acaso fenecida en manos de desidiosos mandos intermedios destinados en lugares remotos y fuera, por tanto, de la rigurosa supervisión y control de las más altos estamentos de dirección y mando.

La Guardia Civil ha de nacer y atenerse por ello no a una ordenanza al uso, sino a un código moral capaz de moldear y bordar su conducta con los dones del honor, la fidelidad, la honradez, la honestidad, el valor y el espíritu de sacrificio. Virtudes todas ellas capaces de granjearles entre la población a que sirven, no solo el respeto que les deben y ellos han de imponer con su sola presencia, sino la más sincera admiración y agradecimiento. Han de ser siempre, Presidente, pronóstico feliz para el afligido. Para ello, y como digo, esos valores han de enraizar en la voluntad y entendimiento de sus componentes. Para que sean guía y mentor de sus actuaciones cuando esté presente el mando, y también cuando aislados y hasta diezmados no hayan de responder sino ante ellos, Dios y la Benemérita Institución a la que sirven y representan.

Sin más, se despide tu seguro servidor”. 

Alegato que el presidente entendió conocedor de los demoledores efectos que la ausencia de esas virtudes habían causado en los componentes de las instituciones aludidas.

Don. Javier Girón, volvió su mirada a la mesa, donde reposaba la Circular redactada y publicada el 16 de enero de 1845 y que le había servido de base para ir dando forma y cuerpo a la que sería la Cartilla de la Guardia Civil.

Trece de julio de 1980, polvorín de explosivos Río Tinto, en Aya, Guipúzcoa. Tres coches de la Guardia Civil, se disponen a regresar al cuartel después de haber sido relevados tras una agotadora jornada de vigilancia en el interior del mismo.

D. Javier Girón lee emocionado: “El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil (…)”

Ese día el relevo se ha demorado más de lo habitual y los guardias salientes acusan, sin sombra de queja o atisbo de contrariedad, el cansancio físico y psíquico en sus rostros. Aun así, y tal como he dicho, no se cruzan ni dirigen entre ellos reproches, ni malas caras, todos saben que la necesidad de cambiar constantemente de itinerario les obliga a realizar largos desplazamientos. Que el retraso, en fin, no se debe a la desidia de sus compañeros, sino a la inexcusable exigencia de la seguridad, al ineludible imperativo del servicio. 

Don Francisco Javier lee: “Las vejaciones, las malas palabras, los malos modos y acciones bruscas (…)”

Los jefes se han dado novedades y hecho las advertencias que la delicada misión encomendada demanda. Los compañeros sin desatender la labor de vigilancia se han celebrado con bromas y muestras de sincero afecto.

Las duras condiciones en que han de desempeñar el servicio, y la desafección hacia ellos de gran parte de esa sociedad a la que sirven, les ha llevado a fortalecer aún más los naturales lazos de amistad y compañerismo que imperan en la Institución. Se saben más necesarios que nunca. Y no solo porque la continua y efectiva vigilancia de cada uno de ellos sea la seguridad de los otros, sino porque en lo humano, han de ser mucho más de los que son, para así superar ese injusto rechazo. Ese mal disimulado desprecio de unos hombres y mujeres, sumidos en la cobarde obediencia a que les aboca el terror con el que les somete tan sanguinaria organización terrorista y su red de delatores y miserables cómplices.

D. Javier Girón lee: “siempre fiel a su deber, sereno ante el peligro (…)”

El vehículo que encabeza el convoy, compuesto por tres vehículos Talbot 150, es conducido por el guardia D. Antonio Gómez Ramos, lo acompañan los guardias D. Jesús Díaz Blanco y D. Aurelio Navío Navío.

El portón se abre ante ellos. Atrás quedan sus compañeros, mirándolos serios y preocupados. Los desplazamientos en estos servicios fijos son sumamente peligrosos. Y es que por más cambios que realices en la elección de itinerarios, al final han de entrar y salir por puntos fáciles de controlar y propicios, por tanto, para una emboscada. 

Antonio, con motivo de comprobar si le siguen los otros vehículos, alcanza a atisbar a través del espejo retrovisor, como en un mal presagio, la sombría gravedad de sus semblantes.

La grava del camino gime lastimada bajo las ruedas de los coches. Los sentidos alerta.  Las armas en posición de defensa, prestas a repeler una posible agresión. Las ventanillas bajas. La mirada escudriñando el paisaje, interrogándolo casi sobre las criminales intenciones de ETA.

D. Javier Girón lee: “El guardia civil será prudente sin debilidad, firme sin violencia (…)”

El cielo azul alienta su valor con la evidencia de la luz de un sol tan brillante y limpio que se filtra en el coche templando su piel, fatigada por las largas horas de guardia. El mediodía es radiante también en las verdes campas que van escoltando la estrecha carretera por la que circulan. De algún modo todos lamentan no poder dejarse ir en lo bucólico del paisaje. No poder ser uno más entre aquel pueblo. Tener que ir siempre atados a la desconfianza. Siempre en actitud vigilante.

D. Javier lee: “Sus primeras armas deben ser la persuasión y la fuerza moral (…)”

El peligro está ahí fiero y al acecho como una mala víbora. Por eso no bajan la guardia. Por eso no se dan tregua.

D. Javier lee: “Deberá estar penetrado de la importancia de su misión (…)”

Antonio va atento al frente, a la carretera, sus dos compañeros a los laterales. Buscan detectar la presencia del algún individuo o grupo sospechoso. Un vehículo mal estacionado. Una elevación del terreno. Un muro. Un talud. Tierra removida. Un cable… Los indicios pueden ser y son muchos. Las oportunidades de adelantarse escasas, y lo saben, pero no por ello cejan en el empeño.

Ya en Orio, se aproximan al cruce con la N-634. El paso elevado de la vía férrea lo anuncia. A su derecha una casa con un huerto rodeado por un muro de piedra, a su izquierda un bosquecillo. 

Antonio reduce. Observa entonces la presencia de dos jóvenes sobre el paso elevado, caminan decididos, de pronto se vuelven hacia la vía por la que ellos transitan. Antonio advierte: “Arriba en la pasarela”. Sus dos compañeros agachan la cabeza y dirigen la mirada y las armas hacia ese punto. En ese momento ven como uno de ellos les arroja algo. Se alertan y tensan en el angosto espacio de que disponen dentro del vehículo y también en la fugaz estela de tiempo que los retiene. La compacta sombra de un objeto metálico centellea en el aire y de inmediato y antes de que puedan oír el inevitable contacto con el capo del coche, oyen el seco trallazo de la metralla sobre el parabrisas quebrándolo sin apenas estrépito. Sonido de grava incendiada, a eso les suena. El coche se llena de un enjambre de esquirlas de cristal y metal que les muerden, antes de que el ruido les rompa de dolor los tímpanos. Y de inmediato el agudo tableteo de las armas semiautomáticas con los que los atacan. Y el ruido de la chapa bajo el peso de los proyectiles. Agudo y sordo trallazo que no hay que mirar para saber que la traspasa sin dificultad. 

Se oyen nuevas detonaciones de granadas, y como el maldito lazarillo que las guía el rasgado martillear de las armas de guerra con las que buscan atenazarlos entre dos fuegos.

Antonio siente el impacto del plomo en el pecho como una daga de fuego, como un rastro ardiente e insonoro que le recuerda vagamente a las estrellas fugaces. Luego otro, que le hace estremecer y gemir de dolor. Por el rabillo del ojo ve a uno de los terroristas disparar desde detrás del muro de piedra del huerto. Antonio no duda, dirige el coche hacia él. Trata con esa brava maniobra de romper esa línea de fuego y poder repeler así la agresión. El coche se adentra en la cuneta cabecea y se detiene agónico. Los compañeros de Antonio se bajan de inmediato y se refugian detrás del vehículo, que les sirve de resguardo, y desde donde pueden comenzar a dar merecida respuesta a los facinerosos.

“Valor, firmeza y constancia”, sentencia el General.

Antonio se siente dolorosamente clavado al asiento. El cuerpo le pesa, la sangre le corre por la cara. Siente la camisa pegada a la piel y esta a la sangre que se derrama de las heridas. En esa fracción de segundo parece haberse ido. Pero de inmediato reacciona, coge la metralleta, mueve el pestillo y de una patada abre la puerta. El rugir de las balas sobre la chapa le advierte de la presencia del criminal que busca. Sale a pecho descubierto. Solo el leve tul de la sangre le protege. Encara el arma y avanza hacia el terrorista. Este sorprendido se levanta incrédulo ante el arrojo de Antonio y le dispara, las balas le impactan en las piernas y en el vientre. Antonio aprieta el gatillo de la metralleta y el terrorista recibe una ráfaga que le cruza el cuerpo. Se tambalea. Antonio vuelve a dispararle, esta vez lo alcanza en el rostro y lo ve caer hacía tras. Se detiene, se mira y mira al cielo. Se sabe muerto. Pero quiere vivir y en ese esfuerzo se lleva con serena energía la mano al pecho. Busca atajar la sangre en la que se le va la vida, pero la mano pesa como una losa y ese peso lo derriba sobre el asfalto.

Ya en el suelo y antes de perder el conocimiento, ve, como a veinte metros por detrás de él cruza corriendo otro terrorista con un cetme en la mano. Y como uno de sus compañeros lo abate. Oye también el tableteo de las armas de los que viajan en los otros coches. Y cómo los terroristas ante tan enérgica respuesta, retroceden, se reagrupan y entran aprisa en un Seat 131 blanco. Huyen. Oye, tan serenas como firmes, las voces de sus compañeros señalándose objetivos, advirtiéndose, buscan cortarles la retirada, las reconoce. Están allí, están con él y están vivos. Asiente confortado. 

Mezclada con la calidez de la brisa que alienta el día, llega hasta él la leve sombra de un cabello tan negro y profundo que lo arrebata con su perfume a mujer. Lo reconoce, y se ata a él como se ata dios a los ángeles, para sentirse en la gloria, lo está. Sonríe complacido y en ese gesto su rostro de niño recobra de nuevo la ternura que aquel lugar maldito le robara. 

Detrás del coche el guardia D. Aurelio Navío, agoniza sin un gemido, sumido como Antonio en la certeza de que no han sido derrotados. Que su valor y sacrificio está llamado a ser el más sólido argumento entorno a la seguridad de sus compañeros. El acto que va a disuadir a los terroristas de que la tragedia de Ispáster, donde fueron asesinados en idénticas circunstancias seis compañeros, y que ellos en su criminal afán han tratado de remedar, no va a volver a ocurrir. Porque cuando la fatalidad es neutral el bien que emana de la nobleza de sus corazones y enérgicas voluntades se impone a la maldad de los delincuentes. Rota la sorpresa, en igualdad de condiciones los terroristas nada tienen que hacer y lo saben. Por eso huyen acobardados y en la certeza de que solo el infortunio sufrido por el fallo de una de las armas de aquellos hombres, les ha permitido salir a algunos de ellos ilesos. Atrás, embutidos en sendos chalecos antibalas, quedan muertos dos de ellos. Un par de asesinos con un abultado  currículo de espantosas atrocidades a sus espaldas. También varias de las armas utilizadas.

Cerca del otro coche, yacen gravemente heridos, pero no por ello inactivos en tan desigual batalla los guardias civiles D. Francisco Villoria Villoria, D. Ramiro Cerviño Pereiro y D.Jesús Díaz Blanco.

Inmersos en el dolor no pueden sino sentirse confortados toda vez les ha sido permitido batirse, desbaratar la emboscada tendida por los criminales y plantar cara a esas fieras rabiosas que son los miembros de ETA.

Veinte de diciembre de 1845, Don Javier Girón, acaba de leer la Cartilla y se siente confortado, reconoce en ella un código ético que, de ser asimilado y puesto en práctica, hará de su Guardia Civil una Institución benemérita e irrepetible

En Orio (Guipúzcoa), 135 años después, un heroico grupo de jóvenes guardias civiles, penetrados de la ejemplar moral que el Duque de Ahumada les inculcará, acaban de escribir una página más de abnegación y espíritu de sacrificio en la intachable hoja de Servicio de tan honrosa Institución.

En el cielo, D. Javier Girón de Ezpeleta, Duque de Ahumada y Marques de las Amarillas, los vela con el corazón inflamado de emoción y orgullo. Se reconoce en ellos y en todos y cada uno de sus actos, como tantas otras veces, como siempre, y es que el designio de su férrea voluntad anida, y lo sabe, en el seno de la Institución y en el talante y quehacer de sus miembros. 

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Misa de náufragas

 

 

SINOPSIS

Maruxa y Florentina regresan a su pueblo después de visitar campos de almendros en flor, en la Región Norteña de Tras-os-Montes. Con ellas, cincuenta y nueve almas más.

El autobús en que viajan circula sobre el viejo puente Hintze Ribeiro, que cruza el Duero uniendo las localidades portuguesas de Entre-Os-Rios y Castelo de Paiva. De pronto, espacio y tiempo se funden bajo el estruendo de un crujido sin márgenes, al que mece un brusco movimiento pendular que las llena de vértigo y silencio.  El sobresalto se expresa en un grito que parece viajar en el viento pese a estar en sus bocas. Un grito que quiebra en sus almas los blancos pétalos de los almendros en flor. A la par que las abisma, inmisericorde, arrastrándolas en un seco tajo, de la blancura vegetal del almendro a la enmarañada vegetación de un río enfurecido. De la viveza de la luz a la mortecina luz de las sombras. De la placidez del camino conocido al vértigo de lo desconocido. Del vagar de las floridas ramas a las lúgubres y fantasmales raíces.

En ese grito comienza el iniciático viaje que las conducirá durante más de 300 Km. Los primeros por las tenebrosas aguas del Duero. Desdentada boca que las oprime sin desgarro y horroriza sin posibilidad de sentir miedo. Un infierno sin forma ni medida. Y tras ese desasosiego, el sosiego del Atlántico, limpio y azul como estrella naciente. El cielo, al fin, que recién han ganado y temen haber perdido. Y en ese cielo, los náufragos, y en ellos, la magia de una grey sin piedad con la soledad, que las saludan y celebran con alegre bullicio y pícaro descaro. Cómo olvidarlos, cómo no desear quedarse con ellos a ser ellos. Pero ellas son aún camino, y al final de ese camino las espera el límpido arenal de Fisterra (A Coruña), “Na Costa da Morte”. Donde encallan una mala madrugada, y es allí donde comienzan a interrogarse en el ánimo de querer entender que les ha ocurrido, para así poderlo narrar.

 

Traducido al portugués por la lusista Isabel María Nevado

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Fragmento del relato La silueta de Gaínza, del libro La hija del txakurra, que narra el crimen de José María Piris Carballo.

“Luego fue cuando vi el sospechoso balón, él también, ya lo dije, y también que lo vio antes que yo. Tres zancadas fueron más que suficientes, y casi en el acto el golpe seco con el pie izquierdo, su pierna buena. El bulto, como era de esperar, se elevó un par de centímetros del suelo, quiso volar, pero no pudo, se quedó congelado en un chasquido gigante que lo llenó todo de estremecimiento: ruido, fuego, humo y por último, desolación.

Vi como en un milagro que quien volaba no era el balón, sino él, él fue quien finalmente trazó en el aire una pirueta oscura, frágil y desmadejada, a la que juraría que le faltaba una pierna. Fue esa nítida percepción de la mutilación lo que me heló el corazón, porque el grito de dolor, si lo hubo, se ahogó en aquel mar de oscuro estruendo que sobrevino imponiéndose a todo”.

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(Fragmento del relato El sabor del fortuna del libro La hija del txakurra)

“Entrar en el bar de la mano de la vida de su marido, flanqueada por la de sus dos compañeros, amigos todos, jóvenes, alegres en ese don. Entrar con la intención de tomarse una copa, escuchar música y charlar. Divertirse. Vivir. Olvidar la rancia sombra del viejo cuartel donde vivían. Hacer planes. Asombrarse de la ferocidad de aquel pueblo. Buscar, para conjurarla, serlo en la misma medida. Saber que les iba a ser imposible y no cejar por ello de intentarlo. Desconfiar de todos y mostrarse a la vez confiados. Disimular el miedo y también el arrojo de haber ido hasta allí, de permanecer allí. No pensar. Pensar en un aparte para no herir su mermado ánimo. Y de pronto la silueta negra y amarga de las pistolas. Fugaz como el vuelo de las golondrinas. Secos ladridos, tantos como tiros les dieron. Muchos, infinitos en el escaso tiempo en que ella caía tras el empujón que recibió. La brutalidad de una delicadeza, la de perdonarte la vida. Y después el negro túnel del silencio, rojo en los bordes de sus siluetas derribadas. Querer tocarlos. Querer abrazarlos. Y no poder mover ni un dedo. Sentir cómo los demás clientes te miran. Son hombres y mujeres como tú, él y sus compañeros. Sin embargo, la distancia que se imponen los hace parecer estatuas. Seres de piedra. Bestias sin piedad. Tal grado de frialdad los muestra en una dimensión ajena a lo humano. Tanto que sientes que nada de lo que hagas los va a conmover. Es más, qué puedes hacer capaz de superar la estampa de sus cuerpos caídos y ensangrentados. Su silencio, sus agónicos estremecimientos. Los roncos estertores de la muerte. Gritar, buscar gritar para huir en ese grito de la realidad. Caer luego de rodillas junto a él y llamarlo por su nombre, a la vez que le susurras ¡no te mueras, no te mueras! Podías gritárselo, es cierto, pero en el fondo no quieres que lo oiga, porque no quieres que se muera sabiendo que te deja sola. El coraje de la ternura. Luego, clamar en el nombre de Dios que alguien llame a una ambulancia. Y en ese gesto sentir que aún cabe la esperanza de que un médico sea capaz de retornarlo, de retornarlos de aquel laberinto de plomo enrojecido en el que se han extraviado”.

 

 

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Fragmento del relato once años después de morir, del Libro La hija del txakurra.

(Narra, en la voz de su esposa, el asesinato de Félix de Diego compañero de servicio de Pardines Arcay el día en que ETA acabó con su vida. Pardines fue el primero GC asesinado por ETA. Once años sin tregua separaron su trágico final).

“Recuerdo que cuando volví a entrar en la cocina en compañía del único vecino que se atrevió a adentrarse más allá de la barra, me acerqué a él con miedo, y por qué no decirlo, con cierta rabia, no sé por qué, tal vez porque se había dejado matar. Quizá porque se había ido y me había dejado sola. Sí, entiendo que fue por eso. Debo entender que fue por eso. Como también el motivo por el que volví a entrar en aquella cocina. Su cuerpo lacio y desordenado sobre la mesa exhalaba soledad por todos los poros de la piel, por cierto, más amarillenta que pálida. Estaba allí, pero yo sabía que no era él, que aquello que reposaba sobre la mesa no era sino un fardo de carne y quizá huesos. Me habría gustado abrazarlo con ternura. Debí hacerlo. Pero no lo pude tocar, no lo quise tocar. El horror se expresa en el rostro como una mueca de asco, lo supe por el indiscreto reflejo del cristal del horno. Me asomé a él por no asomarme más al difunto y lo que vi me horrorizó. ¿Por qué me iba a dar asco?, ¿y, si no me lo daba, por qué aquel gesto de asco en mi cara? Lo cierto es que visto así resultaba asqueroso. Tanto que le puedo jurar que de haber encontrado el ánimo suficiente lo habría aseado, lavado, peinado y arreglado la ropa, le habría puesto colonia y tal vez cortado y limado las uñas. Lo quería limpio, porque estaba sucio, más sucio de lo que yo podía soportar y también remediar. Había manchado además la mesa, el suelo, la ropa y todo, y todo ello manchaba a su vez mi memoria. Rabia, sabe Ud., rabia buscando atajos al odio, quizá porque es más fácil odiar que amar”.

 

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Fragmento del relato Pedales de plomo, La hija del txakurra. (Memoria de las víctimas del terrorismo)

Voz de la esposa de uno de los tres guardias civiles
asesinados por ETA el 5 de octubre de 1980
en Salvatierra (Álava).

“Verlo salir por la puerta era siempre un sinvivir, lo era antes y lo fue ese día. Más tarde el sinvivir fue no volver a verlo entrar.

Poco importaba el beso de despedida. La recomendación acallada, evitando nombrar la maldición, perdida a su vez en la complicidad de una mirada esquiva, como si nos diese vergüenza, pero no lo era, era el miedo quien nos ruborizaba.

Era verlo cerrar la puerta y oírlo bajar las escaleras y quedar sumida en la más profunda de las incertidumbres. Me recuerdo detenida en el pasillo oscilando como un péndulo que se debate entre la emoción de saberlo mío y la pesadilla de tener que compartirlo con algo tan monstruoso como es el miedo. Al final el dilema se resolvía en el acto casi instintivo de correr a asomarme a la ventana en la esperanza de verlo abajo, faenando con los suyos. O dejarme ir en el ensueño de las tareas que en ese momento aún me parecían capaces de traerlo. Si remediaba esas pequeñas cosas de nuestra vida en común entendía que la vida sabría apreciar lo necesario que me era en aquellas en que éramos uno. Al final, y eso es lo cierto, era girar a la derecha o a la izquierda y entrar en una estancia u otra, sin poder salir por ello de la angustia de la espera.

La lánguida música de sus pasos alejándose. La escasa ternura de la puerta besándonos fría en el indiferente ir y venir de sus hojas. El extender las manos buscando retener el aire que éramos en la distancia. Todo a nuestro alrededor era en esos instantes tristeza, es cierto, pero no exenta de cierto halo de romanticismo. Un sufrir mutuo que sentíamos que nos hacía crecer en los sentidos y al que teníamos la certeza de poder remediar.

Los desacordes de la despedida eran aún armónicos en mi ánimo, eso es lo que quiero decir. Luego toda esa dudosa melodía pasó a ser el estruendo fatal de mi vida. El beso de la puerta, un portazo sin alma que me partió en dos mitades inexactas, la de él y la mía. Y los pasos, sus pasos, sobre los gastados escalones de las viejas escaleras de madera, dejaron de ser aquel triste repicar para sonar, profunda tristeza, como suenan las tapas de los ataúdes. A eso suenan hoy en mi cabeza, quizá también aquel día y no quise saberlo, ¿cómo querer? Pero es así, suenan como lo hacen las tapas de los ataúdes, ¿o son los ataúdes los que suenan como los pasos sobre las escaleras? Cada paso un ataúd que se cierra, cada ataúd que se cierra un paso en el pasar por la vida atada a un dolor que se expresa en indolentes, qué digo, asesinas voces, las de ellos, y desgarrados silencios, quizá roncos gemidos de terror, los de él y sus compañeros. Silencios en demanda de auxilio, el que se les debía, el que no les ofrecieron aquella manada de hienas. El que en esa hora de inocencia y por más que perjuremos ahora que no, cualquiera espera, porque no cabe sino esperar que llegado ese momento se nos ha de dispensar. Si no fuese así, cómo construir un hogar, cómo traer un hijo al mundo, con qué ingenuidad vivir en la esperanza. Así lo sentíamos nosotros y en esa candidez nos amamos hasta el extremo de la suprema esperanza de la paternidad”.

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