Pulsa "Enter" para saltar al contenido

José Alfonso Romero P. Seguín Posts

Destacado

BAJO SECRETO

«Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo. Sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo. Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.Ojos del abuelo que al contrario que los míos se perdieron para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida “¡dios mío!”. 

mybook.to/bajosecretoebook

Deja un Comentario

Roznar

Me ha parecido ver, a lo lejos, un burro violeta, moviendo distraído la cola, uno de esos que, lucen, al inicio del cuello, una perfilada traza de oscuro pelaje en forma de herradura. Bajé melancólico la mirada al suelo, sacudí la cabeza, la levanté, y ya no estaba, pero estaba en mí lo terco de su bondadoso ritual, y en él, un febril destello de su noble naturaleza. 

Me recordé, en esa magia, magnífico en el poema de Chesterton, entrando en una Jerusalén rendida, cargando sobre el lomo al salvador de los hombres, saludado por alegres cantos y acariciado por gráciles ramas de palma. Me añoré en una de esas gloriosos jornadas que me deparó Sancho al servicio del Quijote. Y lloré de risa, recodándome, casual músico, en la fábula de Tomás de Iriarte. Reí, digo, en vez de rebuznar, y en esas joviales carcajadas me retomé en el hombre que soy, y, también, en la tristeza de ese afortunado asno que jamás seré. 

José Alfonso Romero P. Seguín.

2 Comments

Misa de náufragas

 

 

SINOPSIS

Maruxa y Florentina regresan a su pueblo después de visitar campos de almendros en flor, en la Región Norteña de Tras-os-Montes. Con ellas, cincuenta y nueve almas más.

El autobús en que viajan circula sobre el viejo puente Hintze Ribeiro, que cruza el Duero uniendo las localidades portuguesas de Entre-Os-Rios y Castelo de Paiva. De pronto, espacio y tiempo se funden bajo el estruendo de un crujido sin márgenes, al que mece un brusco movimiento pendular que las llena de vértigo y silencio.  El sobresalto se expresa en un grito que parece viajar en el viento pese a estar en sus bocas. Un grito que quiebra en sus almas los blancos pétalos de los almendros en flor. A la par que las abisma, inmisericorde, arrastrándolas en un seco tajo, de la blancura vegetal del almendro a la enmarañada vegetación de un río enfurecido. De la viveza de la luz a la mortecina luz de las sombras. De la placidez del camino conocido al vértigo de lo desconocido. Del vagar de las floridas ramas a las lúgubres y fantasmales raíces.

En ese grito comienza el iniciático viaje que las conducirá durante más de 300 Km. Los primeros por las tenebrosas aguas del Duero. Desdentada boca que las oprime sin desgarro y horroriza sin posibilidad de sentir miedo. Un infierno sin forma ni medida. Y tras ese desasosiego, el sosiego del Atlántico, limpio y azul como estrella naciente. El cielo, al fin, que recién han ganado y temen haber perdido. Y en ese cielo, los náufragos, y en ellos, la magia de una grey sin piedad con la soledad, que las saludan y celebran con alegre bullicio y pícaro descaro. Cómo olvidarlos, cómo no desear quedarse con ellos a ser ellos. Pero ellas son aún camino, y al final de ese camino las espera el límpido arenal de Fisterra (A Coruña), “Na Costa da Morte”. Donde encallan una mala madrugada, y es allí donde comienzan a interrogarse en el ánimo de querer entender que les ha ocurrido, para así poderlo narrar.

 

Traducido al portugués por la lusista Isabel María Nevado

3 Comments

Fragmento del relato La silueta de Gaínza, del libro La hija del txakurra, que narra el crimen de José María Piris Carballo.

“Luego fue cuando vi el sospechoso balón, él también, ya lo dije, y también que lo vio antes que yo. Tres zancadas fueron más que suficientes, y casi en el acto el golpe seco con el pie izquierdo, su pierna buena. El bulto, como era de esperar, se elevó un par de centímetros del suelo, quiso volar, pero no pudo, se quedó congelado en un chasquido gigante que lo llenó todo de estremecimiento: ruido, fuego, humo y por último, desolación.

Vi como en un milagro que quien volaba no era el balón, sino él, él fue quien finalmente trazó en el aire una pirueta oscura, frágil y desmadejada, a la que juraría que le faltaba una pierna. Fue esa nítida percepción de la mutilación lo que me heló el corazón, porque el grito de dolor, si lo hubo, se ahogó en aquel mar de oscuro estruendo que sobrevino imponiéndose a todo”.

1 Comentario

(Fragmento del relato El sabor del fortuna del libro La hija del txakurra)

“Entrar en el bar de la mano de la vida de su marido, flanqueada por la de sus dos compañeros, amigos todos, jóvenes, alegres en ese don. Entrar con la intención de tomarse una copa, escuchar música y charlar. Divertirse. Vivir. Olvidar la rancia sombra del viejo cuartel donde vivían. Hacer planes. Asombrarse de la ferocidad de aquel pueblo. Buscar, para conjurarla, serlo en la misma medida. Saber que les iba a ser imposible y no cejar por ello de intentarlo. Desconfiar de todos y mostrarse a la vez confiados. Disimular el miedo y también el arrojo de haber ido hasta allí, de permanecer allí. No pensar. Pensar en un aparte para no herir su mermado ánimo. Y de pronto la silueta negra y amarga de las pistolas. Fugaz como el vuelo de las golondrinas. Secos ladridos, tantos como tiros les dieron. Muchos, infinitos en el escaso tiempo en que ella caía tras el empujón que recibió. La brutalidad de una delicadeza, la de perdonarte la vida. Y después el negro túnel del silencio, rojo en los bordes de sus siluetas derribadas. Querer tocarlos. Querer abrazarlos. Y no poder mover ni un dedo. Sentir cómo los demás clientes te miran. Son hombres y mujeres como tú, él y sus compañeros. Sin embargo, la distancia que se imponen los hace parecer estatuas. Seres de piedra. Bestias sin piedad. Tal grado de frialdad los muestra en una dimensión ajena a lo humano. Tanto que sientes que nada de lo que hagas los va a conmover. Es más, qué puedes hacer capaz de superar la estampa de sus cuerpos caídos y ensangrentados. Su silencio, sus agónicos estremecimientos. Los roncos estertores de la muerte. Gritar, buscar gritar para huir en ese grito de la realidad. Caer luego de rodillas junto a él y llamarlo por su nombre, a la vez que le susurras ¡no te mueras, no te mueras! Podías gritárselo, es cierto, pero en el fondo no quieres que lo oiga, porque no quieres que se muera sabiendo que te deja sola. El coraje de la ternura. Luego, clamar en el nombre de Dios que alguien llame a una ambulancia. Y en ese gesto sentir que aún cabe la esperanza de que un médico sea capaz de retornarlo, de retornarlos de aquel laberinto de plomo enrojecido en el que se han extraviado”.

 

 

2 Comments