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José Alfonso Romero P. Seguín Posts

Roznar

Me ha parecido ver, a lo lejos, un burro violeta, moviendo distraído la cola, uno de esos que, lucen, al inicio del cuello, una perfilada traza de oscuro pelaje en forma de herradura. Bajé melancólico la mirada al suelo, sacudí la cabeza, la levanté, y ya no estaba, pero estaba en mí lo terco de su bondadoso ritual, y en él, un febril destello de su noble naturaleza. 

Me recordé, en esa magia, magnífico en el poema de Chesterton, entrando en una Jerusalén rendida, cargando sobre el lomo al salvador de los hombres, saludado por alegres cantos y acariciado por gráciles ramas de palma. Me añoré en una de esas gloriosos jornadas que me deparó Sancho al servicio del Quijote. Y lloré de risa, recodándome, casual músico, en la fábula de Tomás de Iriarte. Reí, digo, en vez de rebuznar, y en esas joviales carcajadas me retomé en el hombre que soy, y, también, en la tristeza de ese afortunado asno que jamás seré. 

José Alfonso Romero P. Seguín.

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La silueta de Gaínza

En este relato guardo memoria, en el imaginario de tantos otros crímenes de la banda terrorista ETA, del que fue objeto el niño José María Piris Carballo, en Azpeitia (Guipúzcoa), al golpear una bolsa que contenía un artefacto explosivo. 

Eterna memoria para las víctimas y eterno desprecio para los verdugos.

Le cuento, él lo vio primero, eso seguro, era un paquete ovalado, con cierto volumen, el justo para hacerse apetecible a los pies de un niño. Compacto, posiblemente metálico, o eso fue al menos lo que me pareció a mí en el escalofrío de un absurdo estremecimiento. Cosas que se sienten y se recuerdan luego por sentidas.

Lo cierto es que me quedé mirándolo embobado, tanto, que si en ese momento alguien me hubiese preguntado de dónde había salido, le habría jurado sin dudarlo, que había nacido en el medio y medio de la puñetera calle, para deleite del muchacho y asombro mío. En horas de tedio, ya se sabe, a quién no le gusta que las cosas ocurran así, como por arte de magia, pero solo en esos momentos, porque sepa Ud. que la magia solo tiene sentido cuando la vida no lo tiene. 

Ingenuidad, dirá y me dijeron, pero no. Tal vez inconsciencia, pues tampoco, ni siquiera estupidez. Ya le dije, embobamiento, solo eso. Bueno, eso y el tiempo que a su tiempo vuela y se eterniza después en la memoria el condenado de él. Seguramente que para joderte el ánimo por los siglos de los siglos de amargura a que arrastra el no haber sabido estar a la altura de lo que de nosotros demanda el sentido común. Y es que, en aquel momento, igual que juraría que aquello que él vio antes que yo, había nacido allí, en el medio de la calle, también habría jurado que todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Corto espacio de tiempo este, ¡ahí va la hostia!, en el que, y esa es la verdad, me dejé seducir por la liturgia futbolística que la estampa contenía, descuidando la seguridad del niño.

Porque a fuerza de ser honesto con mi conciencia, he de reconocer que lo cierto es que a tenor de lo que había visto que sucedía en la calle desde que me senté en el taburete del bar, hasta que pasó lo que pasó. De lo que sabía por lo que sé, y hasta por la edad, debería haber previsto que algo así podía ocurrir. Pero ya se lo he dicho, él lo vio primero, en una palabra, que me robó la cartera e inició el contragolpe a una velocidad y con una técnica tan depurada que, eso…, que me quedé más que embobado, como idiota, mirándolo sin pestañear. Porque sí, ¡joder!, porque solo a un idiota de casi cincuenta y cinco primaveras, que eran las que recién cumplía entonces, se le ocurre embelesarse de modo tan infantil.

Más tarde supe, sin necesidad de tener que preguntar a nadie, que aquel bulto tan raro se había caído del coche de un Guardia Civil que vivía en el barrio y solía dejarlo aparcado en esa zona. Un Seat 124, rojo, matricula de Cádiz.  ¡Ya ve Ud.!,  como para pasar desapercibido. Pero como le dije, en ese momento habría jurado y perjurado que había nacido allí mismo, en el centro de la calle, y lo más curioso, puta y fina curiosidad la mía, que lo había hecho para un fin concreto.

Estaba tan placentero que invitaba a eso, a lo que él hizo, quién a su edad no lo habría hecho. Vamos, que había que ser de otro planeta, o estar falto de juicio, o en último caso, no gustarte el fútbol, que es ya como si lo fueses todo a la vez, para no sacudirle cuando menos un buen puntapié.

Debía salir de inmediato y gritarle que no lo tocara. Tal vez si hubiese puesto más empeño habría podido advertírselo, pero no lo hice, por lo que ya le dije. Y tal vez porque las cosas cuando se conjuran para pasar, pues eso, que pasan, y punto. Ya lo decía la «amatxo»: -Que en paz descanse, ella, y con ella todos los que allá van, –  «Lo que está de pasar, pasa«. Pensaba yo en aquel entonces que lo decía para conformarse, y a veces hasta lo encontraba natural. Porque sí, y es que, ¡ahí va la hostia!, si uno la busca pues al final la encuentra. ¿Qué pasa?, ¿qué  no es así?, y qué decir luego, pues eso, que si estaba para ti, que si la tenías, que si esto, que si lo otro, cuando lo lógico sería decir que por fin la conseguiste.

De todos modos y digan lo que digan, eso del destino no es un cuento, existe, y es que hay quien juega a la lotería toda la vida, y ¡oye!, nada, ni una mala pedrea. Sin embargo, hay quien juega una vez, una sola vez en toda su puñetera vida, así como por casualidad, y “pum”, el gordo. ¿Entonces qué?, ¿estaba o no estaba para él?  ¿Qué se puede pensar en ese caso?  Y eso ocurre, claro que ocurre, no me dirá qué no. 

Sí, como siempre tenía razón la “amatxo”, las cosas que están de pasar pasan, y aquel día estaban y pasaron. Pasó el otro y se le cayó el paquete que era para él, porque estaba de ser así. Pasó luego él, para el que no era, y lo vio, porque así estaba de ser.

Vaya Ud. a saber en que venía pensando. Pero Ud., porque yo sí que lo sé, ¡vamos que si lo sé!  Como para no saberlo, lo sabía hasta de los demás, para cuanto más de él. Con él había hablado muchas veces.  Después de los entrenamientos, y antes, y en el trayecto.  Cuando nos tocaba jugar fuera.  Y en las fiestas que organizábamos después de los partidos. Y es que, si ganábamos porque ganábamos y si perdíamos por aquello de subirles la moral, el caso es que les invitaba siempre a un helado en una cafetería del pueblo. Les gustaba tanto. Y no solo por el helado, sino porque eso los hacía sentir mayores, respetados, unos hombrecillos. Ya se sabe, a esa edad nos encanta crecer, aunque sea así, a pedazos que se van como el helado. Un helado que empezaban como los hombres que pretendían ser, y lo terminaban como los niños que eran, con el morro manchado de chocolate. Son cosas, las de crecer así, a destiempo, que se hacen cuando a uno le sobran fuerzas y las derrocha en cualquier cosa. Hasta en esas de darle vueltas a las más peregrinas ideas que te rondan por la cabeza, como es la de envejecer, la de hacerse viejo.  ¡Ya ves tú!, como si eso no viniese solo, como si hubiera necesidad de ganarlo, como se gana la juventud. Porque lo joven se le gana cada segundo a lo viejo, en la medida que no es sino adelantarse a él, ponerse primero, ser uno antes de que el suceda. En fin, que una cosa es adelantarse  para ser y otra para dejar de ser, como ellos hacían.  Pero, ¡que carajo!, ellos se lo podían permitir, porque en ese momento la vida era en ellos eterna. Y no es que lo fuera, que no lo es, pero como lo creían, pues de alguna manera lo era.

Nos encanta crecer, pero no solo a ellos, a todos. Entiendo que debe ser por mantener viva en nosotros esa sensación de continua evolución que, parece a su vez aproximarnos a la imperiosa necesidad de eternizarnos aquí y también en el más allá. Sea eso, o sea cualquier otra cosa, el caso es que crecer apetece siempre. Prueba de ello es que todos y en todo tiempo queremos, en mayor o menor media, crecer. Yo también lo quise, y mi mujer, y los hijos. Y al final crecimos todos tanto que llegamos a molestarnos tanto física como intelectualmente. Durante nuestros últimos años de convivencia, recuerdo que éramos todos tan grandes que apenas cogíamos en los ochenta metros cuadrados del piso en el que vivimos, y andamos por los pasillos encogiendo el estómago, ¿con vete tú a saber que intención de desafecto?

Mis hijos, son del partido, yo también lo fui. Ellos creen todavía, yo también creí. Ellos lo dan todo por bueno, yo también lo di. Hasta que me rompieron el sueño, y no fue solo por mi querido Gaínza, sino por todo lo que me daba el entrenarlos, el soñar con hacerlos grandes, mucho más de lo que lo fui yo. Ellos eran, de alguna manera, la esperanza que tiré al cubo de la basura para vestirme la camiseta del maldito orgullo, ese que después presidió mi vida hasta el extremo de llevarme al odio, y a un nunca satisfecho deseo de venganza.

Fue por culpa del asqueroso orgullo por lo que hubo un día en que lo habría dado todo por lo que el partido me prometía, todo, hasta la vida. Pero al final, cosas de ella, me fui de ambos por la puerta falsa, por culpa de un campo de fútbol y unas horas compartidas con un puñado de niños.

A la patria de un viejo, y yo de aquella lo era, le ocurre lo que al alma, se vuelve niña, y lo malo es que no nos acostumbramos a que esto suceda. Nos da vergüenza, tanta que nos empeñamos en disfrazarla de vieja pensando que  son las suyas ropas que ya no la visten, cuando es mentira, porque lo cierto y verdad es que la vieja alma es siempre niña.

Mis hijos ganaban fe mientras crecían, y su fe y su humanidad, más la primera, aunque parezca mentira, que la segunda, lo iban ocupando todo.  Abismándolo, a su vez, en un laberinto de hiedra gris en el que unos y otros nos perdíamos irremediablemente. La florida niebla que nos ocultaba hasta hacernos perder de vista no eran las palabras, propiamente dichas, sino ese vaho de fuego que arrastraban y que las tatuaba sobre nuestra piel de padres.  Y por si acaso se nos olvidaban lo hacía también en las paredes y muebles. Finalmente en todo, para que todo te lo recordara con solo asomarte a él. 

De ese modo ellos iban ganando espacio, y yo, especialmente, perdiéndolo.   Alguien tenía que hacerlo y ese alguien era yo. Lo lógico sería que nadie lo perdiese, pero ese nadie también era yo. Como ve, llegué a ser tanto que ya no era nada. Por eso al volver del trabajo, en vez de irme a casa como sería lo lógico, y como siempre hice, me iba al bar, y me sentaba al fondo de la barra, en el mismo taburete de siempre. Y allí me quedaba mirando a través de la cristalera el constante ir y venir de las calles. Las calles caminan, no somos, tal como parece, nosotros. Son ellas quienes van y vienen de todos esos los lugares donde nosotros vamos, aun cuando ni se nos ha pasado por la cabeza que tendremos que ir.

 A veces bostezaba, otras hablaba con el camarero, o con el dueño del bar, o con algún cliente, y otras, las más, pensaba en mis cosas, a la espera de que llegase la hora de comer. Subía siempre a la hora justa, cuando ya todos se habían sentado a la mesa, y podía encontrar mi sitio en la cabecera. Podría parecer que era alguien, que me respetaban, pero era solo una costumbre, su costumbre, y ese era el espacio que ocupaba. De ellos eran todos los demás espacios. Y lo peor, los de la comunicación, los de poder decir esto o lo otro. Lo que yo dijera era una simple anécdota, un cuento. Allí ya no era nadie. Dicen algunos que es lo normal. Que es el signo de los tiempos. Que hay que dejar paso a los que vienen detrás.  Y yo me pregunto, ¿qué clase de tiempos son estos en los que no cogemos todos?  Tiempos en los que unos vamos enterrando en vida a otros por el simple hecho de adelantarlos. Las ideas, cuando son de peso, encuentran por natural su asiento, vengan de la cabeza que vengan, pero eso cuándo se sabe, tarde, ¡verdad que sí!, cuando lo que dices ya no tiene valor ni sentido, cuando te has quedado sin espacio en la realidad del día a día. Y yo me había quedado claramente sin él, mi mujer lo había encontrado en el de ellos, y se creía con espacio, pero era mentira. Puro espejismo. Peor incluso, el escaso valor de cualquier ser necesario. El del burro de carga, si nos ponemos en lo peor.  En eso se había convertido sin saber o no querer saber. Yo en nada, en un don nadie, y ella en eso…

Él era distinto, creaba espacios para mí, me sentía su amigo, no su enemigo, me respetaba, por eso me preguntaba cosas sobre el juego y la vida, sobre la vida y el juego, qué más da, se parecen tanto, ¿no cree Ud.?  A las que yo casi siempre respondía con una metáfora futbolística. Lo hacía así, primero porque no había nada en el mundo que me gustara más que el fútbol, y segundo porque era de lo único que realmente sabía algo. Y porqué no decirlo, porque a ambos nos resultaba más cómodo hacerlo en ese ámbito, no en vano era el único espacio de nuestra vida que no había sufrido merma, sino que por el contrario y gracias a su genio y capacidad de esfuerzo había crecido. Par qué hablar entonces de cosas achicadas, parceladas y dogmatizadas hasta la náusea, si teníamos para nosotros todo un vasto territorio no reivindicado. En fin, que el fútbol era, pese a que en ese momento no lo supiésemos, nuestra verdadera patria, nuestro único espacio de libertad.

Como le gustaba aprender, tenía la viveza en la curiosidad que te da esa edad, y el sentirte libre, y lo que es aún mejor, dueño y señor de tus sueños 

Sus sueños eran como deben ser todos los sueños, personales e intransferibles. Los de mis hijos, por el contrario, sectarios y contagiosos como una mala epidemia. Los de ellos eran los sueños de unos pocos para todos. Los sueños que ignoran sueños. Los sueños que imponen sueños. Negros sueños con toda la mala entraña del peor de los dictadores. Pero eso no se podía decir, ni en casa, ni en la calle.

¿Qué le parece?, a ese insano silencio habíamos llegado de la mano del ruido, el que producía la falsa sensación de libertad que nos transmitía el gozar de un tiempo de continuas movilizaciones, de extenuantes jornadas de lucha, de panfletarias asambleas. En una palabra, que una nueva dictadura se nos venía encima en forma de algarada, de desorden, de ardoroso amor patrio; que paradójicamente, como antes al dictador su fanático patriotismo, nos venía mejor que bien a la hora de justificar nuestras tropelías.

Eso sí, el nuevo silencio venía envuelto en todo aquello que antes estaba prohibido por la dictadura, quien podía pues sospechar de él.

La lucha, ahora lo sé, se hace siempre en nombre del pueblo, y se involucra en ella al pueblo, pero el pueblo es al final quien menos importa. Por lo general se sale a la calle a defender un ideal tan raquítico, corto de miras y falto de cuidado que, no sirve ni aún al grupo, cuanto más al pueblo.

Para echar al dictador habíamos ocupado la calle, y pese a que el dictador murió en la cama, y había vuelto la democracia, y aparentemente ya no había razones para seguir ocupándola, nosotros seguíamos haciéndolo, por una sola razón, porque nos habíamos convertido en sus nuevos amos, y nos gustaba que fuese así. A eso que cada uno lo llame como quiera, pero tener, solo tiene un nombre.

Las máximas eran, todo el mundo puede hablar, todo el mundo tiene derecho a expresarse, pero solo aceptábamos, oíamos y respetábamos a los que se expresaban como nosotros, esa era la verdad. Todos los que no estaban con nosotros, estaban contra nosotros, y como todos lo sabían, y sabían también quienes eran los que mandaban ahora, pues se ponían de nuestro lado, como antes al lado del dictador. Pero eso quién quiere verlo. Resulta más reconfortante pensar que te respetan a que simplemente te temen.

Además, quienes cometen semejante pecado, el de usurpar y doblegar la voz y la voluntad del pueblo, no suelen tener conciencia de estar obrando mal. Ellos son su voz y su conciencia, y en función de esa brutal creencia ejecutan en su nombre lo que le dicta su entraña. 

 No deberíamos olvidar que la adicción al poder es una de las peores formas de locura, pues a través de ella no te descuelgas, como le ocurre a los locos de la realidad en la que viven el resto de los ciudadanos, sino que sometes al resto de los ciudadanos, lo quieran o no, a tu realidad.

¡Pero qué coño!, tampoco hay que ponerse exquisito, todos sabemos, o deberíamos saber a estas alturas, que la voz y la voluntad del pueblo no es sino la voz y la voluntad del amo, ¿de qué amo?, de cualquiera, ¡qué más da!

La única verdad, o al menos la única digna de prestarle atención, es que él sí que merecía la pena, era un muchacho: dispuesto, despierto y humilde, cualidades que no suelen ir parejas.

¡Joder!, lo pasábamos mejor que bien, ¡vaya que sí! Demasiado para olvidarlo en nombre de nada que no sea volver a verlo correr por la banda izquierda. Un imposible, yo lo sé, como también, que por ello no podré olvidar, ni mucho menos perdonar.

Le gritaba desde el banquillo, ¡centra Gaínza!  Le llamaba así porque era como el maestro, un Dios de banda izquierda, capaz de cualquier milagro,  y el acariciaba el balón y lo clavaba en la cabeza de algún que otro Zarra, que también lo había. Y luego, el grito de júbilo, la resurrección, el milagro, el: ¡gol, gol y gol! Como si saliese el sol, como si se detuviese el mundo, como el regreso al paraíso. 

Era todo tan sencillo como esencial, y, por supuesto, gratificante. Y es que aquello no era un equipo de fútbol, que lo era, sino una hermandad griega de conocimiento, una secta de magos del balón. Eso era lo que yo tenía, lo que yo había ayudado a ser, ¿me entiende Ud.? No sé si lo va a entender. ¡Mire!, me gustaba más entrenarlos que acostarme con la parienta.  Se lo digo para que se haga idea cabal, y aunque esté mal en decirlo, aún hoy, sostengo que no tenía comparación, y entiendo que tampoco debe suponer para ella, y menos a estas alturas, humillación alguna. No en vano, el entrenarlos era de todas las cosas que había hecho en mi vida, la que más satisfacciones me había producido.

Eran mejor que buenos, lo decía todo el mundo, y lo confirmaba la clasificación y las vitrinas a romper de trofeos. Él, el mejor, y eso también lo decía todo el mundo. Luego lo dejamos. Llorando no se puede jugar, ni aun con el corazón triste, para jugar hay que estar alegre, lleno de vida, y ellos, los demás, lo estaban a medias, y yo, yo ya ni eso, por eso lo dejé.

El presidente me rogó que no lo hiciera. Llegó a disgustarse conmigo. Tanto que aún hoy es el en día en que no me habla.  No entiende o no quiere entender el porqué de mi decisión, tal vez crea que se trata de un capricho. ¡Sí!, tal vez no pueda entender cuantas cosas se rompieron para mí aquel maldito día. El alcalde también me intentó convencer, le contesté lo mismo, que no podía. Él, un poco mejor informado que el presidente, ya se sabe, es del partido, no insistió, me dijo, eso sí, que había sido: “Un accidente, un desgraciado accidente”. Esas fueron sus palabras. Otros también me lo dijeron, hasta mis hijos me lo dijeron, y muchos, muchos más. Fueron muchos, demasiados para ser verdad los que me dijeron cosas parecidas con la intención de consolarme, quizá solo de conformarme. 

Creo que me dedicaron a mí más palabras de consuelo que a los propios padres, y es que yo no era cualquiera, yo representaba para ellos algo más que un par de padres roto, que para peor ni eran de allí. Yo era un espejo de ellos, y un espejo no puede arrastrar sobre si sombras de duda, sino que tiene que reflejar la realidad del color que la pinta el partido. También puede ser que lo hicieran porque como ando siempre por los bares, pues me ven, y como me ven así, pues les da por decirme cosas de esa podrida índole. 

¡Joder!, y no es que me esté lamentando todo el día, que no lo hago, pero como tampoco puedo disimularlo, pues ellos lo notan y les revienta, se les nota. Pero eso, no se vaya Ud. a creer, no solo me ocurría en la calle, también en casa se me recriminaba esa sombra de pena, esa amargura que me corroía y aún hoy me corroe. Les jode a todos porque sé que de algún modo los humilla a ellos y a su sueño.

Primero me dijeron en un tono, sino cariñoso, si al menos caritativo: «¡Tú tranquilo hombre, tranquilo!  Es solo cuestión de tiempo, un par de meses a lo sumo, ya lo verás, un par de meses, o menos, y otra vez como una rosa». Pero que va, han pasado muchos, muchos más de los que profetizaron, y las rosas siguen marchitándose en mi corazón como el primer día. Pero eso no se puede decir. Y no lo he dicho, pero por el simple hecho de estar triste ya te ponen mala cara, eso cuando no te dicen a la tuya y sin que tú les hayas dicho nada: «¡Joder con lo pesado que te pones!, las cosas pasan, ¿no?». Son como la «amatxo», pero mal intencionados, ella lo decía por poner a salvo a su Dios, estos por salvar a sus Dioses, que son otros como ellos. 

Pero qué se le va a hacer, todos somos de algún modo culpables. Ya se sabe, se pasa uno media vida cerrando puertas y luego tiene que andar el resto de su mala vida saltando por las ventanas.

Aquel amargo día, debía haber estado lejos de allí, enterarme de todo por la radio, o por boca del primer bocazas de portal que me lo hubiese querido contar como si fuese la secuencia de una película de acción. Así al menos me habría parecido mentira. Pero, ¡qué va!, estaba allí. Allí como los únicos ojos de un mundo que era así, sin que nadie supiese muy bien por qué y para qué, pero sabiendo que has puesto tantas ganas y tanto empeño en hacerlo de esa mala medida que no puedes sino verte reflejado en él. De todos modos, cómo no ver, cómo no estar si éramos vecinos del barrio, si compartíamos calle además de campo. Adónde cojones íbamos a ir que no fuésemos final y felizmente los dos, hasta ese día, claro está. Él tenía que venir a comer a la una, yo tenía que subir a comer a las dos, ni minuto más ni minuto menos, si no quería oír a la parienta, y era aún la una y media.

Él, venía calle abajo de la escuela, iba, como he dicho, a comer. Como cualquier día, como todo los días. Lo vi y pensé, voy a salir a la puerta del bar y gritarle, Gaínza, esta tarde, ya sabes, a las seis en punto, como hacía siempre que había novedades en cuanto a la sesión de entrenamiento. Y hasta cuando no las había, y lo hacía solo por oírle contestarme como él lo hacía: «¡Como un clavo entrenador, como un clavo!” Era así, obediente y disciplinado. Le gustaba jugar, es más, lo volvía loco. Pudo ser una estrella. Para mí lo es. Bueno lo era, porque ahora es solo una sombra apagada y rota. Una estrella muerta que ha quedado suspendida en algún punto del sobrecogimiento y no acaba de caer. 

Centra según te viene. ¡De volea Gaínza, de volea!, le grito ahora. Pero él ahora no está pese a que está, y como no está pese a que está, nadie centra, y ahí sigue el balón colgado de su sombra rota. Un balón que nunca va llegar al área, y que, por lo tanto, nadie va a poder rematar. Y yo en mi desesperación grito, ¡gol, gol, gol!, lo grito por no preguntarme por qué. Eso mismo fue lo que grité aquel día.  Lo grité hasta romper la voz de no gritar para que nadie me oyera. Grité balones de penas y lágrimas que todo hijo de vecino remataba de la peor manera que sabía. ¡Qué atrevidos somos! Pero la verdadera pregunta, la que nos inculpaba, me lo guardé muy para mí, no quería ser el siguiente, ni oírles decir más veces: «Cosas que pasan, desgracias, tragedias inexplicables, errores fatales, víctimas necesarias, mártires del pueblo». En fin, que el porqué se convirtió en un nudo que se me quedó clavado en el pecho, y que aún hoy anda por ahí, con otros muchos que han hecho de mí un árbol viejo y sin sombra de alegría. 

A uno le gusta a rabiar su tierra, y hasta llega a concebir que algún día sea independiente. Pero independientemente de ese sentimiento nada reflexivo, lo cierto es que el concepto de patria, de nación, y aún menos el de independencia, no te libera de nada. A menudo estás tan solo que no te llega con ese olor a choquitos que viene de la cocina, y agradeces que aparezca por allí el morito de las alfombras y los relojes, para que te diga: «¡Paisa, paisa, barato, barato!,» y poder decirle cualquier cosa de las muchas que te rondan por la cabeza. La verdad es que estamos tan solos que desconozco aún el porqué de este empeño por ignorarnos. Además, ¡qué coño!, seamos nación o no, y eso lo sé, caerán sobre nosotros los trabajos y los horrores de los días, con la misma insistencia con que lo hacían antes y lo harán siempre. Naciones hay a patadas, curritos aún más. Pero esas son cosas de la política, cosas que no entiendo muy bien. A mí lo que me gusta y de lo que de verdad entiendo, es de fútbol. Y más aún, enseñar a un puñado de niños a jugar sin orgullo, con elegancia y nobleza, la que a pesar de todo nos caracteriza. Por eso me metí en el rollo de la política activa. Porque lo cierto es que para alimentar mi odio me llegaba con la perruna militancia. Dije, de todos modos, el día que di el paso, por la nación, era lo que procedía, pero en el fondo lo hice para que me dejaran ser entrenador de fútbol base. 

 Después no puede seguir haciéndolo, tuve que dejarlo, y con ello todo lo demás que no era nada sin el fútbol de fondo. Y no es que no tuviera paciencia, que si que la tenía y la tengo, o que no hallara en ello consuelo, porque era y es el único lugar donde lo encuentro. Buena prueba de ello es que aún hoy me escapo de la residencia y me paso las horas muertas viendo como entrenan, y allí lo crío, el consuelo digo. Créame que es allí donde encuentro las fuerzas necesarias para aguantar ahora el sofocón de esta soledad tan acompañada, y antes la de casa, y lo del curro y sus cabronadas entre hierros y broncas, broncas y hierros. Y también el de las broncas sin orientación de la parienta. En el curro, al menos, sabía por qué me reñían o me decían esto o lo otro, en casa no. Begoña, se reñía en mí, era eso, o creo que lo era, qué otra cosa podía ser si por no hacerle no le hacía ni caso. Sin embargo, ella aprovechaba la menor oportunidad para largarme un broncón de mil demonios, sin precisar en que la había ofendido o que había hecho mal. Resultaba tan ilógico y extraño oírla vociferar fuera de sí, con la cara roja y las venas del cuello a punto de estallar que uno no podía sino darse la vuelta y contener así las ganas de abrazarla y susurrarle al oído, ¡ya pasó, ya pasó! Debí hacerlo, sí, debí atarme a ella y entenderla, pero nunca lo hice, de eso estamos hechos, de posibilidades postergadas que terminan haciéndonos imposibles. Ella buscaba solo romper para no romperse en la fatal tracción que producía tener que elegir entre los hijos y yo. En esa cadena de desencuentros inevitables yo era el eslabón que ella había decidido debilitar aún sin motivo para poder romperlo, como luego hizo, sin sentir más dolor que el estrictamente necesario: tal vez ninguno. 

En casa, ya se lo dije, llega un momento en que los espacios se achican y uno siente que sobra en todos los rincones. Recuerdo que cuando aún no teníamos familia las cosas no eran así entre Begoña y yo. Es más, nos buscábamos y nos besábamos manteniendo intacto el hilo de la conversación. Luego vinieron los hijos, y ya se sabe, ellos y ella se fueron haciendo grandes los unos en los otros, y los espacios, nuestros espacios, pequeños, hasta que un día uno siente que tiene que salir hasta para sentarse, cuanto más para respirar. Por eso estaba yo en el bar, como tantos otros días, sentado en el taburete y mirando para la calle. Y como tantas otras veces lo vi aparecer con su mochila al hombro, su flequillo largo, caído sobre las cejas, y cómo no, con el fútbol clavado en la sombra y la cabeza, regateando a imaginarios defensas con aquella agilidad suya que me volaba en el pecho el aliento. Tenía la velocidad de un meteorito y una cintura para bailar los que sonase en un palmo de terreno, como para no romperle el ánimo y la cintura a los defensas. 

 Ese día, lo recuerdo bien, regateó, antes de enfilar la calle de su desgracia, a una pareja de novios que caminaban abrazados, e hizo un caño memorable a un vendedor de seguros que confundido se marcó un par de quiebros de agárrate que cintura, ¡pero qué va!, se le fue, ¡no se le iba a ir!, ¡era el mejor! Y fue rebasarlo con aquel genial recorte y plantarse a escasos metros del paquete. Ante él ya no había defensas.  Estaba solo en el pico izquierdo del área chica, y a escasos metros del balón, lo miró, levantó la vista, y vio, maldita sea, pintiparada, la portería, el jodido hueco entre una papelera y uno de los bancos de piedra de la plaza.

Aquello no me dio buena espina, pensé que no era propio que aquel paquete estuviese allí tirado. Que aquel material podía ser peligroso a juzgar por el parecido que guardaba con él que se solía utilizar para la construcción de la patria. Y es que era evidente que aquello no era: ni un bote de coca cola, ni una caja de donuts, ni una bolsa de plástico: era algo más sólido. 

Y para peor, recordé, ¡buen Dios!, se me rompe el corazón con solo pensarlo, que media hora antes, justo cuando me senté en el taburete, después de pedir una caña y el periódico para hojear la desgana de la espera;  al mirar al exterior había visto al lado de un 124 que ya no estaba, y del que después supe que se había caído el paquete, a dos jóvenes, uno de los cuales conocía a la perfección.  Ese uno estaba sentado en el banco, mientras, el otro, el que no conocía pero si distinguía, trasteaba debajo del coche. Lo hacía con sospechosa insistencia, como si buscase algo que se le hubiese caído. Mientras, el del banco, miraba para todos lados. Recuerdo que temeroso de que supiera que los estaba mirando, bajé la cabeza, y justo en ese momento sentí pasar sus inquisidores ojos por la cristalera. Ojos de amo mirando a sus perros, y los perros mirando al suelo, para ladrar no es necesario mirar. Pude aguardar el navajazo de sus ojos sosteniéndole la mirada, y convertir la calle en una mesa, y los árboles en paredes, y el silencio en el alimento con que cada día lo obsequiaba. Pero no lo hice, de él y los suyos eran ahora las calles y las mesas, por eso no pude, tuve miedo, y cuando me atreví a volver a mirar ya no estaban. Caminaban ahora sin excesiva prisa calle abajo. Uno de ellos, tal vez el otro, llevaba al hombro una mochila azul. 

Y aunque no tardé en olvidar el asunto, lo cierto es que la actitud de aquellos dos debería haberme hecho presagiar que aquel paquete no podía envolver nada bueno. Por eso cuando supe que irremediablemente iba a rematar, quise ser, más que nunca en mi vida, un central expeditivo, entrarle con dureza, aún a riesgo de cometer falta, y evitar así lo inevitable. Aún sabiendo que podía lesionarlo, o que  podían sacarme tarjeta roja y expulsarme. Iluso de mí, yo como él, vivía jugando. De todos modos, la distancia que nos separaba era imposible de superar. Y, ya se sabe, el espacio y el tiempo no sirven sino a quien como el hombre o el depredador viven de la oportunidad, y en ese caso esta caía de su lado. 

No me dio tiempo ni siquiera a bajar del taburete. Pude, pese a que la cristalera era un muro infranqueable, haberle gritado, pero no lo hice por ese cuidado, lo hice porque sabía que solo una acción de anticipación, lanzándome con los pies por delante robándole aquel improvisado balón podía evitarlo. Él soñaba que estaba en un partido y solo un lance futbolístico podía desbaratar su intención. 

No obstante, la esperanza es lo último que se pierde, y como de todas formas sabía que lo haría, rematar, digo, le grité a media voz, aún sabiendo que no me oiría, Gaínza, hoy a las seis.  Pero como no me oía no me pudo mirar con sus ojos chispeantes, ni tampoco responderme: «¡Como un clavo entrenador, como un clavo!”

Me gustaba que fuese así, él me tomaba en serio, me respetaba, ante él, creo que ya se lo he dicho, sentía que tenía espacio. Me preguntaba cosas sobre el fútbol y del mundo del fútbol, se interesaba por mi historial deportivo. Solo a él le conté la verdad. Le conté que no fue una lesión de rodilla la que me apartó de los campos de primera y posiblemente del éxito, sino que fue una fea entrada del peor defensa que he conocido, el orgullo. Fue él quien me hizo esa mala entrada, tan mala que me rompió la esperanza, después me desplomé como una torre de naipes. De aquella lesión culpe a todos antes de aprender a culparme a mí mismo. 

La esperanza, como las alas de las mariposas, está hecha de material tan liviano que uno la rompe sin darse cuenta, y cuando lo hace, se da cuenta de que le era tan necesaria que no puede concebir y menos aún aceptar que haya sido él mismo quien la ha roto. Es entonces cuando te lías a buscar culpables, a echarles las culpas a unos y a otros. Y te embarcas en todas las guerras y todos los conflictos, buscando vengarte, exigiendo justicia, cuando lo que de verdad necesitas es una mera justificación, un saber perdonarte por la soberbia de no haber sabido preservarla.

 El orgullo me hizo desertar del banquillo del primer equipo, la raza y la razón me llevaron a pedir la carta de libertad. Luego, cuando comprendí que había cometido un grave error, no traté de enmendarlo de la única forma que se debía, entendiendo que había sido yo, que solo yo era el responsable. Hay tanta gente a nuestro alrededor que es más que difícil el sustraerte a la tentación de no echarles a ellos la culpa de lo que nos pasa, y así lo hice.

A mis hijos les ocurre lo mismo, lo tienen todo, pero nada les llega, y como son víctimas de esa voracidad sin límites, se han dispuesto a comernos todos los espacios vitales. Primero en casa, con sus teorías revolucionarias y sus exigencias de libertad, que expresan con voz fuerte y esa vitalidad indomable de la que, los de mi edad, no guardamos ya sino memoria. Y luego, en la calle, con sus algaradas y disturbios. Demandan libertad y denuncian falta de educación, esa es la libertad de la que carecen. Porque la auténtica libertad es una carta sin remite que espera en el buzón del alma.

Piden la independencia para verse libres de ellos mismos, sí, de ellos mismos, pero eso aún no lo saben, y menos aún, que solo van a hallar consuelo cuando de verdad sean capaces de aceptarse tal como son. Pero eso es fácil decirlo ahora, cuando a uno ya no le quedan fuerzas sino para pensar, para soñar, en definitiva, que enseñas a otros a jugar de otra manera, a tocar el balón de la vida como es debido como se debe.

Yo fracasé no como futbolista sino como persona, si hubiera sabido regatear la vida, otro gallo me hubiese cantado. Pero no supe, hice del orgullo bandera y de la excepcionalidad o individualidad mi patria. No supe ver que no somos nada sino es con los otros, que son los otros los que finalmente te hacen grande.

Ahora, me muero de pena y soledad en este andrajoso edificio en el que malvivo con un par de cientos de viejos, tan olvidados como yo. Lugar al que vine a parar dos días después de separarme de Begoña, o como sería más exacto decir, desde que ella y ellos me echaron de casa, quizá por no tener que pegarme un tiro.

Antes trabajaba de soldador, y tenía una familia que me quería, a su manera, pero me quería. Yo a cambio les daba lo que ganaba, y  espacio, el mío también, y cariño, todo el cariño que pude. Pero distraerme solo me distraía y distraigo en el campo, junto a los muchachos. Antes enseñándoles lo que aprendí durante más de catorce años de profesional y los restantes de transeúnte, y ahora, viéndolos jugar.

Entré a los catorce años en la escuela de fútbol de un equipo de primera división, cuando pasé al primer equipo y pasaron tres partidos sin jugar, no lo pude soportar, en el otro era irremplazable, en este uno más, me fui. El resto de los años los pasé peleando en equipos de segunda y segunda regional, tratando de conseguir un puesto en ese banquillo que un día desdeñé por soberbia. No lo conseguí, en ellos remató prematuramente mi carrera, el fracaso había comenzado muchos años antes, cuando el orgullo me rompió sin saberlo, la esperanza, y no supe ni pudo nadie recomponérmela. Me di y me dieron, eso sí, rabia, toda la que necesité.   Los pueblos que son tan orgullosos como lo es este, la llegan a tener por consuelo.

Recuerdo que después de acordarme de los dos jóvenes enredando bajo el coche, pensé, por aquello de no pensar, en la cara de pillo que puso cuando sorteó a los novios, por cierto, más perdidos que una farola encendida en un día de sol; y la de disgusto del ávido vendedor de seguros, tal vez empleado de banca, que intentó cerrarle el paso, en el azaroso juego de liberarse de él. Ese titubear que entre adultos se salda, por lo general, con una sonrisa cómplice, y  frente a la eterna prisa de un niño, con un gesto de contrariedad.

Luego, fue cuando vi el sospechoso balón, él también, ya lo dije, y también que lo vio antes que yo. Tres zancadas fueron más que suficientes, y casi en el acto el golpe seco con el pie izquierdo, su pierna buena. El bulto como era de esperar se elevó un par de centímetros del suelo, quiso volar, pero no pudo, se quedó congelado en un chasquido gigante que lo llenó todo de estremecimiento: ruido, fuego, humo y por último, desolación. 

 Vi como en un milagro que quien volaba no era el balón, sino él, él fue quien finalmente trazó en el aire una pirueta oscura, frágil y desmadejada, a la que juraría que le faltaba una pierna. Fue esa nítida percepción de la mutilación lo que me heló el corazón, porque el grito de dolor, si lo hubo, se ahogó en aquel mar de oscuro estruendo que sobrevino imponiéndose a todo. 

Cuando aquel empujón brutal llegó a la cristalera  la rompió en mil pedazos. A mí solo el tímpano derecho. Y en las estanterías varias copas y alguna que otra botella que no resistió el ruido y cayó al suelo. También yo caí del taburete sujetándome los oídos. Para finalmente sonar fuerte y hueco al fondo del local, como lo hacen esas olas gigantes que golpean las ahuecadas rocas de la costa, haciendo un sonido absorbente, semejante al que se hace cuando se chasca la lengua, pero multiplicado por mil veces mil. 

Cuando llegó el atronador silencio que le precedía, me acurruqué en el suelo y me dispuse a comenzar a entenderlo todo, pero no quise, me negué a saber lo que había pasado. Por eso me dejé estar en la sucia boca de aquel ruido gigante, inmóvil, con los ojos cerrados y sin ni siquiera pensar. El dueño del bar y el camarero saltaron por encima de mí y se asomaron a la puerta. Los oí decir: “Ha sido una bomba”,  “Parece que le ha explotado a un niño”. En lo terrible lo obvio se antoja siniestro, su falta de inocencia resulta insoportable.

Los oí contarse el uno al otro lo que ocurría, lo que veían sin dar crédito. Ellos no estaban al tanto de cómo había sucedido. No sabían que había regateado a dos defensas e intentado centrar luego aquel improvisado balón como solo él lo sabía hacer, de un toque suave y certero que trazaba siempre una parábola perfecta entre su pie y la cabeza del delantero por la que rodaba el balón como si estuviese encantado. De todos modos esas eran cosas que no tenían ahora, ni quizás antes, importancia alguna para ellos, pese a ser el alma de aquel maldito crimen. Para ellos solo había una bomba, un niño y la tragedia. 

Los oí volver a saltar sobre mí, coger el teléfono y llamar a una ambulancia. 

Oí lleno de asco: sus nerviosos pasos, sus bocas secas, segando las palabras, sus lamentos sin culpables, su terrible y patética falta de espacio. 

 Pensé, desde cuántas casas y calles igualmente sin espacio, se estará llamando a ambulancias en este mismo momento. 

Minutos después, oí gritos en la calle, podía ser de su madre o de  su padre, o los de cualquiera con corazón. 

Si hubiese sido el del 124, nadie habría llorado ni gritado, para ellos hacía tiempo que no es que se achicaran los espacios, es que no los había. A ellos se les llamaba perros, pero la verdad, es que eran menos que perros. He visto atropellar a un perro o a un gorrión y gritar alguien dolido por la suerte del animal. Sin embargo, he visto mirar con asco el cuerpo roto de uno de estos, al que acaban de coser a tiros. El niño por el contrario dolía, niños había en todas las casas, y en todas las casas y conciencias reserva de pena para ellos. Prueba de lo que digo es que alguien gritó: «Que se vayan de una puta vez”. Se habían enterado de que la bomba era para el del 124, y lo culpaban de lo que había ocurrido. Él era, al parecer, el culpable, por no haber muerto como debía. 

Seguí tirado entre los cristales rotos, los oídos me zumbaban. Antes el ruido de la bomba, ahora el ruido de la injusticia, de la hipocresía: demasiado ruido. El derecho me dolía tanto que casi me impedía respirar. Pero, créame cuando le digo que ni el duro y áspero aliento que tragaba, era capaz de borrar la sombra de su silueta que, en ese momento se dibujaba siniestra e inmóvil a un palmo de mi cara, esperando no el turno, sino el momento más conveniente a juicio suyo, para clavárseme profunda en la mente, como después hizo y donde aún permanece para el desconsuelo de todos mis días. 

Oí llegar las primeras ambulancias. Les oí decir a ellos: “No hay nada que hacer, no van a poder hacer nada por élNo tiene remedio, está destrozado.”  Quise gritar, lo juro, quise gritar que no podía ser, pero no pude, su sombra sin pierna izquierda me lo impedía. Gemí lleno de dolor, eso hice, y fue entonces cuando repararon en mí. Me removieron y manosearon intentando localizar los ritmos de mi espantado corazón: “Le habrá dado algo”, dictaminaron en su precipitación. Llamaron luego al equipo de una de las muchas ambulancias que acudieron inútilmente. Entraron, vi sus zapatos negros, sus batas blancas lamiendo el sucio suelo del bar, percibí el cascabeleo metálico de la camilla. Estuve tentado a levantarme y decirles que no era nada. Pero me dejé estar. Necesitaba, como tantas otras veces en mi vida, ganar tiempo. Tiempo para respirar y dejar a la vez que corriera el cronómetro. No íbamos ganando para andar con aquellas añagazas, era cierto, sino perdiendo, pero la pérdida era tan grande que no podía sino desear que el partido no terminase jamás.

Cuando llegué al hospital, abrí los ojos, les miré, y dije, estoy bien. Ellos no me hicieron caso. Me chequearon a fondo con sus fríos fonendoscopios, me hicieron un electrocardiograma. Se percataron de mi tímpano perforado y me extrajeron las esquirlas de cristal que se me habían clavado en cara, brazos  y piernas. 

 «Está  Ud. fuera de peligro, – convinieron por fin- no es sino el efecto de la onda expansiva que le ha producido daños en los oídos, y el normal y lógico aturdimiento.”

Begoña y mi hija la pequeña llegaron llorando a la sala de urgencias. Se abrazaron a mí y me preguntaron cómo estaba. Bien, les respondí. Luego les dije otras cosas, excesivas tal vez para nuestra debilitada confianza, lo hacía porque no quería saber de mi Gaínza. Pero a ellas eso que les importaba, ellas se morían por hacerme saber de él. Por eso me dijeron, casi al unísono, y pisando sin miramientos el inmaculado lienzo de palabras afectuosas que había desplegado, entorno a ellas, en favor de mi necesidad de no saber: “Han mato al niño del bloque de al lado. Al que entrenabas. El que te tenía loco.” Así fue como Begoña y mi hija me pusieron al corriente de algo que yo ya sabía, algo que simplemente no quería volver a saber.

No dije nada. No tenía ganas de llorar, solo de callar, de abismarme en no sé qué extraño estado de inconsciencia, del que no exigía olvido sino el imposible de que todo hubiese sido una maldita pesadilla. Por ello me había quedado parado, como parada estaba aquella sombra rota, entre el cielo y el suelo. Como parado se queda ese balón bien centrado que parece levitar sobre el área a la espera de la cabeza del rematador, pero que en esta ocasión nadie iba a rematar. Él y yo viviríamos a partir de ahora el uno en el otro sin esperanza de llegar a algo concreto, como puede ser el dolor consumado. Estábamos definitivamente condenados a convivir en el gemido de un dolor que no tiene márgenes, que está en todos lados y por esa misma razón en ninguno. 

Recogieron aprisa sus restos y limpiaron concienzudos su sangre. Horas de después cambiaron la papelera rota y sustituyeron los cristales de los establecimientos y pisos afectados. Urgía adecentar el lugar para que no floreciese memoria. Lo enterraron en algún lugar que desconozco. Y se sentaron todos a olvidar. 

En mí, por el contrario, su cuerpo mutilado gravita como una sombra fiera y persistente que desafía la luz y la oscuridad, la realidad y los sueños. No he podido deshacerme de él, es verdad que no he querido hacerlo, pero aunque lo hubiese querido no habría podido: así fue y así es.

Pensé, he recorrido un largo camino para volver a lesionarme y esta vez para siempre, de la misma pierna, la de la esperanza. Aunque esta vez no iba a ser de soberbia, sino de pena sin consuelo. Y es que, bajo la sombra de aquellas dos brujas que tenía por mujer e hija, tuve por vez  primera la certeza de que nadie iba a romper o mermar la estampa detenida de aquella pesadilla, sino agrandarla. Me asusté, me incorporé, y grité tratando de exorcizarla, ¡gol, gol, gol!, me dejé caer luego hacia atrás, ellas me miraban extraviadas entre el asombro y la pena. Me di cuenta entonces que era mentira, que nadie había rematado aquel balón de ilusión en que se desvanecía de nuevo mi esperanza. A mi grito, o porque alguna de ellas los avisó, no lo sé, entraron otra vez los médicos para diagnosticar casi de inmediato: “No se preocupen, son cosas del estrés postraumático que sufre”.

Salí esa misma tarde del hospital y me sepulté en lo más profundo de la casa, bajo las ropas de la cama. Como he dicho no fui al entierro, ni les di el pésame a los padres. Tampoco hablé con los muchachos del equipo.  Qué podía decirles que no fuese un pecado o una mentira, no quise. No sentía pesar, ni rabia, ni siquiera dolor, lo que había sucedido era lo suficientemente horrible como para no dejarme reaccionar. 

Fascinación, le llama Ud., una mala puta, digo yo, que nos vacía inmisericorde, buena prueba de ello es que se lleva por delante hasta el espanto que en ese momento nos confunde más allá de lo asimilable. De qué estará hecha, que con tanta facilidad nos arrastra lejos de nosotros mismos en momentos de tanta viveza en el ser, porque eso es lo que hace, llevarnos lejos, a un lugar indefinible pese a que lloremos y nos desgañitemos rogándole que nos deje quedar a dolernos como es debido. 

Ahora, cuando estoy en el bar y miro a través de la cristalera veo pasar otros niños regateando transeúntes y centrando balones inexistentes, y me pregunto, por qué le tuvo que pasar a él que era toda una estrella de esperanza. Por qué y para qué se ha convertido en un astro roto. Y me respondo por no endemoniarme, que quizá solo, porque las cosas, como decía la «amatxo», «Cuando están de pasar, pasan«, y él pasó y le pasó. Para de inmediato gritarme ¡qué no!, que en este caso las cosas no habían sucedido así, que el viento que las había traído no era casual y ajeno a la voluntad de los hombres. Que lo que había pasado era fruto de la demoníaca fuerza de un instinto asesino y no del destino.

Un año después de su muerte, una tarde, muerto de pena y hastío, entré en una cabina telefónica, descolgué el teléfono y marqué un número hasta entonces maldito.  Dije, oigan, tengo que decirles que el día de lo del niño, vi a fulano y a fulano enredar bajo el coche de su compañero. 

Colgué luego el auricular con esa tensa decisión a que induce la rabia, y el aparato respondió dejándose caer sin el menor cuidado sobre el cristal, haciendo un ruido que no pasó desapercibido a ninguna de las personas que paseaban por la avenida. Salí de la cabina estremecido, pero sin preocuparme en devolverlo a su lugar, y me fui calle arriba, seguido eso sí, por una jauría de miradas indescifrables. Gamberradas de viejos, pensarían unos, otros, malos modos de mala gente, y cómo no, el socorrido: “¿a dónde vamos a llegar?”, con el que se interrogan siempre en abstracto los que no quieren llegar a ningún sitio que no sea ese donde al parecer ellos se encuentran tan a gusto.

Debí hacer aquello con mayor sigilo y en el lugar más apartado, pero no tenía espacio, y porque no lo tenía sabía que no podía permitirme el lujo de planificarlo, hacerlo me habría llevado a callar y no quería, sabía que debía actuar en el momento preciso y así lo hice. Me vino el balón de la pena a la boca y no dudé en rematarlo para una justicia sin consuelo, es decir, por puro deseo de vengarlo.

Caminé luego como caminan los locos, sin importarme hacia dónde. Y paré, sintiéndome aún más derrotado, cuando pensé, es verdad que las cosas pasan, pero que él no era una de esas indolentes cosas que se repiten una y otra vez, y como no lo era no va a volver a pasar, ni voy yo a poder seguir enseñándole lo que sé. 

 El mundo, ya no me es suficiente para olvidar, y la patria o nación o lo que sea que se busca, me estalla en la cabeza sin poder rematar esa frágil y desmadejada sombra, a la que le va a faltar para siempre una pierna y el aliento indispensable para vivir.

Dos días después de mi llamada, mi hijo mayor y su compañero fueron detenidos por agentes de la Guardia Civil de paisano, en un piso que tenían alquilado, y en el que guardaban armas y explosivos. Durante la detención este se resistió, trató de quitarle la pistola a uno de los guardias y tuvieron que dispararle. Esa fue la versión oficial. Según la nuestra, fueron a por él, fueron a matarlo. Él, no obstante, se salvó, pero eso no disculpa ni resta valor a lo dicho, es así. Registraron también nuestra vivienda y nos miraron como se mira a un puñado de asesinos. Mi mujer y los demás hijos pusieron el grito en el cielo. Alguno de los que vino al registro, lo dijo, dijo: «Su hijo fue el que puso la bomba que mató al niño«. Ninguno de ellos lo creyó, todos le llamaron cerdo fascista, asesino de mierda. Todo menos yo, porque solo yo sabía que aquel cerdo de mierda no mentía, que hablaba por mi boca, la boca de un padre que había perdido a un hijo y a una esperanza. Pero cómo decirlo, había y hay que callar. 

Nos han encerrado en el área chica, y me temo que aún vamos a tener que seguir perdiendo espacio fuera y dentro del campo. Durante cuánto tiempo, eso no lo sé. Pero intuyo que finalmente será él quien nos lo diga con toda la crudeza y radicalidad que sea preciso: siempre lo hace.

Cerrarse atrás, echar balones fuera, no define bravura, ni siquiera condescendencia, solo entrega, renuncia, y por qué no decirlo, en casos como estos la más inmoral de las cobardías, la de ignorar a los que sufren.

Llevamos, sin saberlo ni querer entenderlo, cuarenta años jugando un partido contra nosotros mismos. Por eso mismo, no hay árbitro que se atreva a pitar el final ni, mucho menos, resultado que nos satisfaga.

Fue así, tal como le cuento, y ahora, cuéntelo Ud. como sepa y pueda.

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Misa de náufragas

 

 

SINOPSIS

Maruxa y Florentina regresan a su pueblo después de visitar campos de almendros en flor, en la Región Norteña de Tras-os-Montes. Con ellas, cincuenta y nueve almas más.

El autobús en que viajan circula sobre el viejo puente Hintze Ribeiro, que cruza el Duero uniendo las localidades portuguesas de Entre-Os-Rios y Castelo de Paiva. De pronto, espacio y tiempo se funden bajo el estruendo de un crujido sin márgenes, al que mece un brusco movimiento pendular que las llena de vértigo y silencio.  El sobresalto se expresa en un grito que parece viajar en el viento pese a estar en sus bocas. Un grito que quiebra en sus almas los blancos pétalos de los almendros en flor. A la par que las abisma, inmisericorde, arrastrándolas en un seco tajo, de la blancura vegetal del almendro a la enmarañada vegetación de un río enfurecido. De la viveza de la luz a la mortecina luz de las sombras. De la placidez del camino conocido al vértigo de lo desconocido. Del vagar de las floridas ramas a las lúgubres y fantasmales raíces.

En ese grito comienza el iniciático viaje que las conducirá durante más de 300 Km. Los primeros por las tenebrosas aguas del Duero. Desdentada boca que las oprime sin desgarro y horroriza sin posibilidad de sentir miedo. Un infierno sin forma ni medida. Y tras ese desasosiego, el sosiego del Atlántico, limpio y azul como estrella naciente. El cielo, al fin, que recién han ganado y temen haber perdido. Y en ese cielo, los náufragos, y en ellos, la magia de una grey sin piedad con la soledad, que las saludan y celebran con alegre bullicio y pícaro descaro. Cómo olvidarlos, cómo no desear quedarse con ellos a ser ellos. Pero ellas son aún camino, y al final de ese camino las espera el límpido arenal de Fisterra (A Coruña), “Na Costa da Morte”. Donde encallan una mala madrugada, y es allí donde comienzan a interrogarse en el ánimo de querer entender que les ha ocurrido, para así poderlo narrar.

 

Traducido al portugués por la lusista Isabel María Nevado

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Fragmento del relato La silueta de Gaínza, del libro La hija del txakurra, que narra el crimen de José María Piris Carballo.

“Luego fue cuando vi el sospechoso balón, él también, ya lo dije, y también que lo vio antes que yo. Tres zancadas fueron más que suficientes, y casi en el acto el golpe seco con el pie izquierdo, su pierna buena. El bulto, como era de esperar, se elevó un par de centímetros del suelo, quiso volar, pero no pudo, se quedó congelado en un chasquido gigante que lo llenó todo de estremecimiento: ruido, fuego, humo y por último, desolación.

Vi como en un milagro que quien volaba no era el balón, sino él, él fue quien finalmente trazó en el aire una pirueta oscura, frágil y desmadejada, a la que juraría que le faltaba una pierna. Fue esa nítida percepción de la mutilación lo que me heló el corazón, porque el grito de dolor, si lo hubo, se ahogó en aquel mar de oscuro estruendo que sobrevino imponiéndose a todo”.

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(Fragmento del relato El sabor del fortuna del libro La hija del txakurra)

“Entrar en el bar de la mano de la vida de su marido, flanqueada por la de sus dos compañeros, amigos todos, jóvenes, alegres en ese don. Entrar con la intención de tomarse una copa, escuchar música y charlar. Divertirse. Vivir. Olvidar la rancia sombra del viejo cuartel donde vivían. Hacer planes. Asombrarse de la ferocidad de aquel pueblo. Buscar, para conjurarla, serlo en la misma medida. Saber que les iba a ser imposible y no cejar por ello de intentarlo. Desconfiar de todos y mostrarse a la vez confiados. Disimular el miedo y también el arrojo de haber ido hasta allí, de permanecer allí. No pensar. Pensar en un aparte para no herir su mermado ánimo. Y de pronto la silueta negra y amarga de las pistolas. Fugaz como el vuelo de las golondrinas. Secos ladridos, tantos como tiros les dieron. Muchos, infinitos en el escaso tiempo en que ella caía tras el empujón que recibió. La brutalidad de una delicadeza, la de perdonarte la vida. Y después el negro túnel del silencio, rojo en los bordes de sus siluetas derribadas. Querer tocarlos. Querer abrazarlos. Y no poder mover ni un dedo. Sentir cómo los demás clientes te miran. Son hombres y mujeres como tú, él y sus compañeros. Sin embargo, la distancia que se imponen los hace parecer estatuas. Seres de piedra. Bestias sin piedad. Tal grado de frialdad los muestra en una dimensión ajena a lo humano. Tanto que sientes que nada de lo que hagas los va a conmover. Es más, qué puedes hacer capaz de superar la estampa de sus cuerpos caídos y ensangrentados. Su silencio, sus agónicos estremecimientos. Los roncos estertores de la muerte. Gritar, buscar gritar para huir en ese grito de la realidad. Caer luego de rodillas junto a él y llamarlo por su nombre, a la vez que le susurras ¡no te mueras, no te mueras! Podías gritárselo, es cierto, pero en el fondo no quieres que lo oiga, porque no quieres que se muera sabiendo que te deja sola. El coraje de la ternura. Luego, clamar en el nombre de Dios que alguien llame a una ambulancia. Y en ese gesto sentir que aún cabe la esperanza de que un médico sea capaz de retornarlo, de retornarlos de aquel laberinto de plomo enrojecido en el que se han extraviado”.

 

 

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Fragmento del relato once años después de morir, del Libro La hija del txakurra.

(Narra, en la voz de su esposa, el asesinato de Félix de Diego compañero de servicio de Pardines Arcay el día en que ETA acabó con su vida. Pardines fue el primero GC asesinado por ETA. Once años sin tregua separaron su trágico final).

“Recuerdo que cuando volví a entrar en la cocina en compañía del único vecino que se atrevió a adentrarse más allá de la barra, me acerqué a él con miedo, y por qué no decirlo, con cierta rabia, no sé por qué, tal vez porque se había dejado matar. Quizá porque se había ido y me había dejado sola. Sí, entiendo que fue por eso. Debo entender que fue por eso. Como también el motivo por el que volví a entrar en aquella cocina. Su cuerpo lacio y desordenado sobre la mesa exhalaba soledad por todos los poros de la piel, por cierto, más amarillenta que pálida. Estaba allí, pero yo sabía que no era él, que aquello que reposaba sobre la mesa no era sino un fardo de carne y quizá huesos. Me habría gustado abrazarlo con ternura. Debí hacerlo. Pero no lo pude tocar, no lo quise tocar. El horror se expresa en el rostro como una mueca de asco, lo supe por el indiscreto reflejo del cristal del horno. Me asomé a él por no asomarme más al difunto y lo que vi me horrorizó. ¿Por qué me iba a dar asco?, ¿y, si no me lo daba, por qué aquel gesto de asco en mi cara? Lo cierto es que visto así resultaba asqueroso. Tanto que le puedo jurar que de haber encontrado el ánimo suficiente lo habría aseado, lavado, peinado y arreglado la ropa, le habría puesto colonia y tal vez cortado y limado las uñas. Lo quería limpio, porque estaba sucio, más sucio de lo que yo podía soportar y también remediar. Había manchado además la mesa, el suelo, la ropa y todo, y todo ello manchaba a su vez mi memoria. Rabia, sabe Ud., rabia buscando atajos al odio, quizá porque es más fácil odiar que amar”.

 

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Fragmento del relato Pedales de plomo, La hija del txakurra. (Memoria de las víctimas del terrorismo)

Voz de la esposa de uno de los tres guardias civiles
asesinados por ETA el 5 de octubre de 1980
en Salvatierra (Álava).

“Verlo salir por la puerta era siempre un sinvivir, lo era antes y lo fue ese día. Más tarde el sinvivir fue no volver a verlo entrar.

Poco importaba el beso de despedida. La recomendación acallada, evitando nombrar la maldición, perdida a su vez en la complicidad de una mirada esquiva, como si nos diese vergüenza, pero no lo era, era el miedo quien nos ruborizaba.

Era verlo cerrar la puerta y oírlo bajar las escaleras y quedar sumida en la más profunda de las incertidumbres. Me recuerdo detenida en el pasillo oscilando como un péndulo que se debate entre la emoción de saberlo mío y la pesadilla de tener que compartirlo con algo tan monstruoso como es el miedo. Al final el dilema se resolvía en el acto casi instintivo de correr a asomarme a la ventana en la esperanza de verlo abajo, faenando con los suyos. O dejarme ir en el ensueño de las tareas que en ese momento aún me parecían capaces de traerlo. Si remediaba esas pequeñas cosas de nuestra vida en común entendía que la vida sabría apreciar lo necesario que me era en aquellas en que éramos uno. Al final, y eso es lo cierto, era girar a la derecha o a la izquierda y entrar en una estancia u otra, sin poder salir por ello de la angustia de la espera.

La lánguida música de sus pasos alejándose. La escasa ternura de la puerta besándonos fría en el indiferente ir y venir de sus hojas. El extender las manos buscando retener el aire que éramos en la distancia. Todo a nuestro alrededor era en esos instantes tristeza, es cierto, pero no exenta de cierto halo de romanticismo. Un sufrir mutuo que sentíamos que nos hacía crecer en los sentidos y al que teníamos la certeza de poder remediar.

Los desacordes de la despedida eran aún armónicos en mi ánimo, eso es lo que quiero decir. Luego toda esa dudosa melodía pasó a ser el estruendo fatal de mi vida. El beso de la puerta, un portazo sin alma que me partió en dos mitades inexactas, la de él y la mía. Y los pasos, sus pasos, sobre los gastados escalones de las viejas escaleras de madera, dejaron de ser aquel triste repicar para sonar, profunda tristeza, como suenan las tapas de los ataúdes. A eso suenan hoy en mi cabeza, quizá también aquel día y no quise saberlo, ¿cómo querer? Pero es así, suenan como lo hacen las tapas de los ataúdes, ¿o son los ataúdes los que suenan como los pasos sobre las escaleras? Cada paso un ataúd que se cierra, cada ataúd que se cierra un paso en el pasar por la vida atada a un dolor que se expresa en indolentes, qué digo, asesinas voces, las de ellos, y desgarrados silencios, quizá roncos gemidos de terror, los de él y sus compañeros. Silencios en demanda de auxilio, el que se les debía, el que no les ofrecieron aquella manada de hienas. El que en esa hora de inocencia y por más que perjuremos ahora que no, cualquiera espera, porque no cabe sino esperar que llegado ese momento se nos ha de dispensar. Si no fuese así, cómo construir un hogar, cómo traer un hijo al mundo, con qué ingenuidad vivir en la esperanza. Así lo sentíamos nosotros y en esa candidez nos amamos hasta el extremo de la suprema esperanza de la paternidad”.

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